
“Venga para acá señor Manuel”, me dice Don Celestino Baldeón, ayacuchano, de sonrisa amplia y frente prominente. Es el presidente de la asociación de deudos de Accomarca. Tras 26 años de la masacre perpetrada por Telmo Hurtado y compañía, sigue buscando justicia. Sabe que el juicio va lento pero no pierde las esperanzas. Su fe la reviste con un jugo de naranja.
Hace unos días fui temprano a Palacio de Justicia. Quería encontrarme con los representantes de la Asociación de Familiares Afectados por la Violencia política del Distrito de Accomarca (AFAVPDA). Habían ido a dejar una misiva al presidente del Poder Judicial, César San Martín, pidiendo la celeridad de su caso. La sala que lo lleva programa una audiencia por semana. Encima, los jueces llegan tarde a las citas pactadas.
Los deudos fueron temprano. Su abogada, Karim Ninaquispe, me dio el número telefónico de su líder, don Celestino Baldeón. Cuando lo llamé, me refirió que ya había cumplido con su diligencia. “¿Dónde están?”, le pregunté. “Camino a la Defensoría del Pueblo”, respondió.
Corrí por el Centro de Lima hasta llegar al jirón Ucayali. Como se lo había pedido por teléfono, Celestino y sus tres acompañantes me esperaron en la puerta de la institución. Llegué jadeando. Finalmente le estreché la mano a aquel hombre que lleva años en pie de lucha. “Hemos pedido celeridad en nuestro caso. Ojalá que el señor San Martín nos reciba en su oficina. Además, deseamos que la Defensoría sea observadora del proceso”, refirió.
Hora del juguito
Tras recoger sus impresiones, culminó mi comisión. Los deudos me preguntaron entonces si Ángel Páez, jefe de la Unidad de Investigación de La República, estaba a esa hora en el diario. Lo ignoraba. Les dije que nada perdían acompañándome al trabajo. Querían dejarle una carta de agradecimiento. Años atrás, gracias a sus investigaciones, surgieron nuevas luces en este caso.
Caminando muy cerca de la Cancillería, don Celestino me preguntó: “¿Un juguito?”. Fuimos a una tienda donde sacan fotocopias y expenden zumo de naranja. Le acepté un vaso. Cuando quise pagar, Baldeón me pidió que ni se me ocurra sacar un sol de mi bolsillo. El hombre ha pasado por muchas penurias, pero aún comparte con el mundo lo poco que tiene.
Llegamos al diario y también la hora del adiós. “Tupananchikama”, le dije en mi poco dominio del quechua. Sorprendido por mi interés por la lengua inca, me preguntó si sabía hablarlo. Le confesé que sólo sé algunas expresiones. Entonces me corrigió: “Paqarinkama, Manuel”. Hasta una nueva oportunidad y un nuevo vaso con jugo de naranja, señor Celestino.